Poema de Sangre
La fotografía no era buena, tan solo mostraba a un tipo calvo, demacrado y de aspecto mortecino
—¿No será uno de esos locales modernos?

Pregunté enarcando una ceja. Laura sabía de sobras lo poco que me gustaba el nuevo arte y esos lugares de diseño bohemio para jovenes de improvisados defectos visuales aparentemente corregidos con gafas de pasta. No por nada personal, pero me sentía fuera de lugar.

—Es un espectáculo nuevo, diferente. Me lo han recomendado varias personas. Pensé que te gustaría —dijo mientras se maquillaba, poco, como siempre—, que sería un detalle original para tu cumpleaños. Si no quieres ir no vamos y punto. Vemos una peli y pedimos unas pizzas.
—No, nada de eso. Tengo por norma no rechazar invitaciones que prometen sorprenderme.

La sala era pequeña y alargada. Una tímida niebla anticipaba lo que un cartel vistoso y colorido anunciaba: que se podía fumar libremente aunque con precacución y respeto por los artistas. Eso incluía a los monologuistas, poetas, cantautores y demás que se ganaban la vida con sus cuerdas vocales, y también incluía a los extavagantes, abstractos y —en algún caso— macabros retratos que colgaban de las paredes, que a su vez también se tornaban fumadores pasivos y manifestaban con su decoloración y deterioro las inclemencias de la larga exposicón a la nicotina.
Nos sentamos en una pequeña mesa redonda a juego con la decoración que, cabe decir, era básicamente negra. El contraste que tomaba con la iluminación parecía sumergirnos directamente en celuloide en blanco y negro, reducía la vida a dieciséis tonos de grises y nos transportaba disimuladamente al pasado.

Una camarera nos tomó nota. En cuanto se cuanto se fue eché un vistazo a una postal que estaba sobre la mesa debajo de una diminuta vela. Mostraba una miniatura del cartel que habíamos visto ya en la entrada. En el dorso podía leerse en letras rojas una pequeña reseña del espectáculo a modo de resumen. “Poema de Sangre” era el título. Me pareció pretencioso.

—Que tenebroso, ¿verdad? —dijo ella sonriente.

—Ciertamente —respondí observando la fotografía del poeta—, no se me ocurre ninguna otra palabra más apropiada.

El tipo tenía un nombre que parecía austríaco y en el dorso de la postal no se hablaba mucho de su vida, tan solo se citaban un par de datos irrelevantes seguramente con la intención de simplemente rellenar un espacio. Supuse era otro de muchos artistas errantes de discreto o nulo éxito en su país y que venían a parar a la ciudad condal de un modo u otro. Arropados por un público ávido de
novedades, talento natural o algo que se le pareciera se quedaban animados por el clima. Y el vino.

La fotografía no era buena, tan solo mostraba a un tipo calvo, demacrado y de aspecto mortecino.

—Parece recién sacado de Austchwitz

—dijo Laura leyéndome el pensamiento.

Cuando el garito se hubo llenado, el gerente salió a presentar el espectáculo y la música que hasta ahora sonaba —diría que se trataba de Nick Cave— se fue desvaneciendo. El escenario era diminuto y estaba elevado apenas un palmo del suelo. Aún así contaba con un piano de pared en el que se sentaba un chico joven que parecía eludir cualquier tipo de responsabilidad escénica. El gerente comunicó que el artista había pedido que escondiéramos todas las cruces que lleváramos encima, que no nos preocupáramos, tan solo formaba parte del espectáculo. A mí me pareció todo un tanto teatral e innecesario. No podría contar con los dedos de una sola mano la gente que tuvo que esconderse alguna cruz en aquel lugar.

El gerente presentó el espectáculo de una forma vaga, como quitándose un peso de encima y se limitó a citar lo que ya habíamos leído en el dorso de la postal. Dio la bienvenida al poeta,
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