pidió unos aplausos y se retiró del escenario. Terminaron los aplausos y todavía nadie había salido al escenario.

Se hizo un silencio sepulcral, mis ojos se clavaron en las negras cortinas, lo que antes parecía una mancha o una sombra poco a poco se fue mostrando más humano hasta literalmente materializarse en el hombre de la postal. Creo que todos nos asombramos de la misma manera ante aquella tenue y discreta aparición. Antes de que nadie dijese nada el piano empezó a sonar. Se trataba de una melodía triste y melancólica recien traída de los balcanes.

Algunas notas de la pieza aportaban cierto suspense a la situación y resquebrajaban el ambiente. Hasta que él, delgado y calvo, tras unas gafas de sol bebió un sorbo de vino. Con sus largas y huesudas manos, afiladas las uñas, sujetaba la copa carmesí y la depositaba lentamente sobre una mesita que le habían preparado. Una lengua afilada como la de una serpiente se limpió sus plateados labios.

Se acercó el micrófono y empezó a recitar en una lengua extraña y desconocida, llena de sentimiento. Sus palabras llenaban cada rincón del local y nos apretaban el corazón, lo detenían al final de cada verso y lo ponían en marcha a cada nueva palabra.
Jamás había visto ni oído nada similar, pese a no entender una sola palabra de lo que estaba diciendo creía entenderle a la perfección. Hablaba de la vida y la muerte, del amor eterno, de la pasión, del asesinato, de la sangre y de la locura. De amaneceres y puestas de sol, días y noches que se persiguen en un horizonte que nunca llega.

Cada una de sus palabras se clavaba como una daga en mi corazón, su voz era hipnótica y nos tenía fascinados, atrapados. Él lo sabía podía verle sonreír y gesticular al ver el poder que ejercía sobre nosotros, disfrutaba con ello. Entonces comprendí que algo no era normal, era un detalle que se me había pasado por algo. Lo vi en su boca cuando sonreía con una mueca de maldad. Brillaban bajo los focos, en medio de la oscuridad como dos estrellas en el espacio, dos colmillos afilados. Entonces comprendí todo y me sentí más viejo. Miré a Laura y podía ver como las arrugas habían aflorado en su cara, en sus manos, nuestros cabellos se volvían cada vez más blancos. Alguien había caído fulminado en una mesa de atrás, el joven pianista tecleaba con dificultad debido a la artrosis, algunos de los congregados respiraban con dificultad.

Nos robaba el tiempo con sus palabras, con su conjuro infernal, y nosotros éramos incapaces de retirarle la mirada, se la ofrecíamos con total devoción. Él ahora era joven y hermoso.
Cuando podría haber terminado con nosotros para siempre, acabó su poema.Se llenó los pulmones y emitió un largo y profundo suspiro que olía igual que si hubiera cerrado de golpe un libro antiguo e inmortal, papel y palabras rociadas de humedad que me nublaron la vista.

Luego vinieron los aplausos. Aturdido, me restregué los ojos. Para cuando recobré la vista todo parecía haber sido fruto de mi imaginación, de algún tipo de crisis nerviosa. Me ahogaba, necesitaba agua. El poeta de la sangre recibía los aplausos con una sonrisa glaciar. Me bebí tres vasos.
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