| Estamos habituados al humor negro, las situaciones surrealistas, chantajes, o personajes estrambóticos que suelen aparecer en el cine de estos hermanos que tanto han hecho y están haciendo por el cine contemporáneo. Todos los años, los buenos aficionados al cine esperamos impacientes los nuevos trabajos de Clint Eastwood, Woody Allen y los Coen. O por lo menos yo. Son los momentos, no por breves menos dulces, que me liberan puntualmente de la amarga cartelera.
La magia de esta película está en su fotografía en blanco y negro, a cargo del británico Roger Deakin, quien ha repetido en dos trabajos posteriores de los Coen: Crueldad intolerable y The ladykillers. Lo curioso es que fue rodada en color, y luego editada en blanco y negro, lo que explica una fotografía tan luminosa. En televisión han emitido la primera versión, con colores apagados, pero claramente en color. Para mí no hay comparación.
Por un lado, es un poco triste e injusto el escasísimo público con el que contó en su estreno. Pero, por otro, esto no impide que la valoremos como una joya perdurable en nuestras mentes. La crítica ha coincidido en alabarla pues, sin duda, se trata de uno de los trabajos menos conocidos y más acertados de los hermanos.
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Es un film de silencios prolongados, parco en palabras pero generoso en gestos y tabaco. Cuentan que Thornton pasó un tiempo ingresado después del rodaje, enfermo de tanto fumar. James Gandolfini (¿o era Tony Soprano ?) es el tercer vértice del triángulo en esta historia. Ojo a la fugaz pero intensa aparición de una jovencísima Scarlett Johansson, la sensación del momento.
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