La página en blanco
No sé cuanto tiempo llevo caminando pero sigo sin ver nada,
ningún rastro a mi alrededor, tan solo el desierto pálido que aunque tiene unos remotos límites rectangulares, se me presenta interminable. El sol no es un verdadero sol, es un auténtico foco de escritorio, la única luz en una habitación grande como todo el universo y yo, diminuto y singular, peregrino infatigable que camina día tras día en una magestuosa página en blanco.

¿Cómo llegó a ocurrir esto? No lo sé. Llevaba noches batallando contra mi propio bloqueo, tratando de tener una sola idea a la que agarrarme con el mismo desespero que un náufrago a un trozo de madera. Recuerdo quedarme semi dormido y que de pronto la hoja se hacía más y más grande. Iluso de mí, era yo el que cada vez era más pequeño hasta convertirme en un minúsculo e insignificante hombrecillo,
no más grande que una mota de polvo.

En ocasiones veo algo en el horizonte. Las primeras veces creí ver una letra, o quizás tan solo un signo de puntuación, hasta llegué a imaginarme que se trataba de palabras enteras. Cuando corrí desesperado hacía ellas gritando y con las manos en alto me di cuenta que más se alejaban y que aquellas palabras no eran más que espejismos, alucinaciones. No deseaba nada más en el mundo que ver esa página llena de letras una detrás de otra formando palabras que formaran frases que a su vez formaran párrafos.

Abatido, me tumbo e intento dormir. Me despierta un ruido, como un terremoto. A lo lejos puedo ver como la puerta del despacho, tan grande y lejana que parece infinita,
se abre lentamente. Recortada contra la luz del pasillo hay una figura titánica y colosal que reconozco pese a la perspectiva. Anna ha vuelto. Creí que ya había recogido todas sus pertenencias. Se acerca lentamente, o eso me parece, al escritorio y deja sobre la mesa unas llaves del tamaño de un cometa. El impacto me catapulta hacia atrás. A eso venía, a devolver las llaves. Poco a poco, se inclina sobre la página en blanco. Intento hacer señales y grito con todas mis fuerzas pero ni se percata de mí. En silencio observo su cara tan grande como todas las constelaciones. Su respiración crea una brisa caliente. Sus ojos son más grandes que la propia luna y se mueven inquietos por toda la superfície de la hoja. Puedo ver como se dibuja un interrogante en su cara. Soy tan pequeño y ella es tan grande que casi puedo oír sus pensamientos. Sabe que soy un despistado y el foco puede ser un descuido. Lo apaga. No entiende por qué dejé la hoja en blanco encima de la mesa. Me entra pánico, por un momento creo que va a coger el papel y lo va a lanzar a la papelera. Pero no lo hace, se da media vuelta y desaparece. Acto seguido cierra la puerta y solo hay oscuridad.

Me he dormido. Todavía tengo los ojos cerrados. ¿Por qué no los abro? Porque está todo oscuro y tengo miedo. Quizás me esté volviendo loco pero me siento observado.
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