ningún rastro a mi alrededor, tan solo el desierto pálido que aunque tiene unos remotos límites rectangulares, se me presenta interminable. El sol no es un verdadero sol, es un auténtico foco de escritorio, la única luz en una habitación grande como todo el universo y yo, diminuto y singular, peregrino infatigable que camina día tras día en una magestuosa página en blanco.
¿Cómo llegó a ocurrir esto? No lo sé. Llevaba noches batallando contra mi propio bloqueo, tratando de tener una sola idea a la que agarrarme con el mismo desespero que un náufrago a un trozo de madera. Recuerdo quedarme semi dormido y que de pronto la hoja se hacía más y más grande. Iluso de mí, era yo el que cada vez era más pequeño hasta convertirme en un minúsculo e insignificante hombrecillo, |
no más grande que una mota de polvo.
En ocasiones veo algo en el horizonte. Las primeras veces creí ver una letra, o quizás tan solo un signo de puntuación, hasta llegué a imaginarme que se trataba de palabras enteras. Cuando corrí desesperado hacía ellas gritando y con las manos en alto me di cuenta que más se alejaban y que aquellas palabras no eran más que espejismos, alucinaciones. No deseaba nada más en el mundo que ver esa página llena de letras una detrás de otra formando palabras que formaran frases que a su vez formaran párrafos.
Abatido, me tumbo e intento dormir. Me despierta un ruido, como un terremoto. A lo lejos puedo ver como la puerta del despacho, tan grande y lejana que parece infinita, |