Videoarte nº 05: Música para ver
La imagen como nuevo instrumento musical
Hace unos meses se puso en marcha una votación para buscar la palabra más bella de habla hispana. No sólo se tenía en cuenta el significado sino también cualidades puramente formales. La dulzura o frialdad que pudieran transmitir esos significantes eran importantes a la hora de hacer la elección. Es decir, se valoraba mucho la musicalidad que pudiera transmitir la unión de ciertas vocales y consonantes.

Esto también es aplicable a la relación entre sonido e imagen, de modo que una imagen se puede “oír” y un sonido se puede “ver”. Pongamos para la primera opción el ejemplo del cine mudo. Para los espectadores de finales del siglo XIX y principios del XX era fácil imaginar el sonido del tren que veían en pantalla, dándole tanto grado de verosimilitud que se
agachaban aterrorizados por miedo a que murieran arrollados. Aunque a esto también contribuyó la novedad del medio cinematográfico y el punto de vista escogido por el camarógrafo a la hora de filmar. Tampoco necesitaban aquellos espectadores un sonido envolvente para imaginar y “oír” los destrozos de las carreras de coches del género slapstick.

Pero esta evocación inconsciente de aquella imagen precaria no fue solo cosa de aquellos asombrados e ingenuos primeros espectadores. Ahora mismo, por ejemplo, pongan cualquier canal de música y en el primer videoclip que aparezca quítenle la voz a la televisión. Seguramente por el ritmo de las imágenes sabrán como es la melodía que están viendo.

Cualquier disciplina artística parece

que siempre quiere expresar más alla de lo que su propia naturaleza aparenta. Contra los que creyeron que la televisión desbancaría a la radio, hay que decir que las ondas hertzianas siguen despertando más la imaginación que muchas imágenes. Pintores como Kandinsky pintaban cuadros en los que se podían oír los colores y “ver” la “música”. Estas experiencias sinestésicas llegan a su punto álgido con el videoarte, continuación de su predecesor el cine experimental de los años 20 y 30. Sin desmerecer la brillante relación entre imagen y sonido que consiguieron los estudios de cine norteamericanos, sobre todo a partir de los años 40, centrémonos en la imagen que genera “música” aunque carezca de banda sonora. Por lo tanto fue el primer cine vanguardista el que aportó verdaderas “sinfonías de música visual” ( Opus I, de Walter Ruttman, 1916; Diagonal Sinfonie, de Viking Eggeling, 1923; Ballet Mecanique, de Fernand Léger, 1924, etc).

La gran inventiva de los futuristas a la hora de crear máquinas generadoras de ruidos, más la creación de instrumentos electrónicos como el órgano Hammond y la guitarra eléctrica junto con el cine sonoro fueron los pilares para fundir y experimentar las relaciones entre imagen y sonido. A partir de ahí, la creación de instrumentos y ruidos será una constante en los músicos modernos. Sirva como ejemplo el “piano preparado” de John Cage que no es más que un piano en el que se introducen entre sus cuerdas tornillos, tuercas, gomas, etc consiguiendo así efectos de percusión y nuevos armónicos según la posición de cada objeto sobre la cuerda.

Antes de que Nam June Paik retorciera la imagen televisiva manipulando la señal, Laposky fue el pionero del arte del manejo del osciloscopio de rayos catódicos llamando a sus abstracciones electrónicas una forma de “música visual”.
MULTIMEDIA . Alberto Melgares MULTIMEDIA . Alberto Melgares