Las mesarañas
Ya, abuelo... pero creo que te confundes con las musarañas
—Mamá —interrumpía así Lali a su madre, que revisaba unas facturas—, ¿verdad que se dice musarañas?
—¿Musarañas?
—Sí, musarañas. Se dice musarañas, ¿A que sí?
—Bueno... parece ser que sí... ¿Por qué?
—Por el abuelo.
—A ver Lali, ¿qué pasa esta vez con el abuelo?
—Creo que se ha equivocado.
—¿Por qué, Lali?
—Ha dicho que iba a ver las mesarañas, y creo que hablaba de las musarañas.
—Ya conoces a tu abuelo.
—Tampoco sé que son las musarañas, pero sé que son algo.
—Yo tampoco lo sé exactamente, creo que son como unas ratas.
—Pero las mesarañas no son nada. En la escuela nunca nadie ha dicho nada
de mesarañas.

—Lo mejor que puedes hacer es ir a ver que hace tu abuelo.
—Vale.

Lali bajó las escaleras del sótano. En la húmeda oscuridad del lugar, el abuelo estaba sentado cerca de un escritorio sobre el cual estaba encendida una pequeña lámpara de mesa. Esa era toda la luz que había. Desde la silla, el abuelo observaba las paredes, en cuanto vio a Lali, le hizo un gesto para que se acercara.

—Abuelo, ¿Qué haces?
—Estoy mirando las mesarañas.
—Ya, abuelo... pero creo que te confundes con las musarañas.
—No, no. Yo sé lo que me digo, estoy mirando las mesarañas. Además, no sé lo que son las musarañas.
—Mamá tampoco sabe que son las musarañas.
—Entonces quien realmente haya visto una ha de ser un tipo muy afortunado. Bueno, ¿quieres ver una mesaraña o no?
—No sé... me da miedo.
—Si fueran peligrosas yo no habría venido. Ven siéntate.

El abuelo puso una silla al lado de la suya, luego él siguió mirando una de las esquinas de la pared. Lali no veía nada, pero a medida que se fue acostumbrando a la oscuridad le pareció ver una tela de araña gigante. Se frotó los ojos, porque pensaba que le estaba engañando la imaginación.

—Avi, eso es una telaraña muy grande. ¿Puedes encender las luces?
—Si encendemos las luces no vendrá.
—Pero eso debe ser de una araña grandiosa.
—Una araña no, una mesaraña.
—A mí me dan miedo.
—¿Cómo te van a dar miedo si aún no las has visto?

Lali se quedó callada esperando que pasara alguna cosa, pero por muchos minutos que pasaban allí no aparecía nada.

—Avi, ¿cuando van a salir?
—Es que primero tiene que caer una presa en la telaraña.
—¿Un insecto?
—No, las mesarañas no comen insectos.
—¿Qué comen pues?

El abuelo sonrió a la niña, le dijo que guardase silencio y observará lo que iba a hacer. Cogió un libro de la estantería, era “Moby Dick” de Herman Melville. Volvió a repetir a Lali que observara bien, se sentó y lanzó el libro al aire. En cuanto el libro inició el descenso, se abrió y empezó a aletear con su portada y contraportada como si de dos alas se tratasen. El vuelo del libro era torpe al principio, pero en cuanto recuperó un poco de estabilidad se dedicó a revolotear por el sótano a una velocidad demasiado alta como para reparar en la tela de araña, así que después de dar un par de vueltas acabo topando con los hilos de la telaraña y quedó atrapado en ella. Por mucho que se movía no tenía forma de escapar.

—Abuelo, ¿lo sacamos de ahí?
—No, Lali, si lo haces no podrás ver a las mesarañas. Fíjate bien.

Algo se deslizaba entre las sombras. Tenía cuatro patas y avanzaba lentamente, con movimientos seguros. Empezó a trepar por el techo en dirección a la tela de araña, Lali no podía dar crédito a lo que veían sus ojos. Bien era cierto que los libros no volaban, pero las mesas tampoco solían comportarse como arañas. La mesaraña se dirigió a la presa con cautela y la empezó a envolver en un tejido blanco hasta que era imposible reconocer el libro.
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