—¿Qué te ha parecido? —preguntó el abuelo. Lali no decía nada tenía los ojos como platos, y una expresión entre sorpresa y miedo. El abuelo sonrió y encendió las luces del sótano. Inmediatamente la mesa cayó de la tela de araña y se quedó inmóvil en el suelo, como si se tratase de una mesa convencional— ¿Lo ves? Con la luz deja de ser una mesaraña y vuelve a ser tan solo una mesa.
—¿Esta mesa la compramos en el IKEA?
—Me temo que no Lali —dijo el abuelo después de una carcajada—. ¿Verdad que te gusta el algodón de azúcar?
—Sí.
—¿Y te acuerdas de cuando te leí “Moby Dick”?
—¿Es la historia de la ballena? —dijo Lali haciendo memoria.
—Esa misma.
—Sí que me gustó.
—Pues ahora verás.

El abuelo cogió un palo, se acercó a la tela de araña, pinchó el libro que ahora estaba envuelto en tela de araña y lo descolgó. Se lo acercó a Lali.

—¿Quieres probar? —dijo el abuelo.
—Ecs...
—Sabe a azúcar, es como el algodón que compras en la feria. Las mesarañas convierten los libros en una especie de algodón de azúcar.
—Eso no se puede.
—¿Qué te apuestas? Además, como están hechos de libros, mientras te lo
comes es como si leyeras las páginas —el abuelo iba dando grandes mordiscos a aquel libro envuelto de algodón—. ¿Quieres probar?

El abuelo volvió a ofrecérselo a Lali. Finalmente se atrevió, arrancó un pedazo de algodón de azúcar con la mano y después de olerlo y examinarlo como es debido se lo llevó a la boca. Cerró los ojos mientras masticaba, pero para su sorpresa estaba bueno. El abuelo le dio el palo con el libro de azúcar y ella dio dos o tres bocados seguidos.

—¿Qué te parece? —preguntó el abuelo.
—Por allí resopla —respondió la niña.
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