La hora número trece, por Kuantic
El reloj de la chimenea pasaba desapercibido
El reloj de la chimenea pasaba desapercibido a no ser que el aburrimiento te obligara a examinar la estancia con detenimiento. Lali se acercó, nunca lo había examinado tan de cerca. Era viejo y dudaba que marcara la hora correcta. Para comprobarlo echó un vistazo a su reloj de plástico de color rosa y dibujitos de alegres conejitos y canguros. Las agujas estaban en la posición correcta, de acuerdo, pero de todos modos algo le llamaba la atención. Algo que estaba mal, algo incorrecto y que no saltaba fácilmente a la vista. Finalmente cayó en la cuenta que el reloj tenía trece horas.

— No le pasa nada malo al reloj —dijo el abuelo, quien estaba acostumbrado a las interrupciones de su nieta—, tan solo tiene trece horas.
— Pero abuelo, los relojes no tienen trece horas.

— Bueno, lo cierto es que la mayoría de fabricantes no la tienen en cuenta porque pasa muy rápido. Es inútil, comporta un gasto de recursos enorme el hacer que los engranajes vayan tan aprisa tan solo para la última hora del día.

— ¡Pero si transcurre más rápido no es una hora, es un minuto o un segundo!

— No, créeme, es una hora. Para nosotros quizás no, pero para los que se despiertan en la hora número trece… esa hora es realmente una hora.

— ¿Los que se despiertan?
— Bueno… alguien tiene que dedicarse a hacer esas cosas que simplemente… ocurren.

Esa noche, Lali se puso el despertador a las doce y media de la noche. Fue hasta el comedor y dejó un plato con galletas y un vaso de leche encima de la mesa. Luego volvió corriendo a la cama. Pese a que hizo esfuerzos por mantenerse despierta (pellizcarse las mejillas, enfocarse los ojos con una linterna…), el sueño acabó por vencerla.

La despertó un ruido que venía del comedor. En el despertador pasaban dos minutos de la una. Se apresuró, en el reloj de la chimenea deberían ser las trece horas. Cuando llegó, no quedaban galletas y el vaso estaba vacío. Las agujas no marcaban las trece horas, marcaban la una y dos minutos. La hora trece había pasado entre el último minuto de la hora doce y la una de la mañana. Lali, volvió a la cama.

Al día siguiente mientras desayunaba, el abuelo le preguntó dónde estaba su reloj de pulsera. Lali se percató entonces que lo había perdido. ¡Qué raro! No recordaba habérselo quitado para dormir, y en su mesita de noche no estaba. Luego le contó lo sucedido a su abuelo, que se rió mucho con aquella historieta.
— Te aseguro que la hora pasó muy rápido, hay muy pocos relojes como ese.

Me atrevería a decir que es único. O casi. Las cosas que son únicas vale la pena conservarlas… pero no te preocupes, las galletas fueron un detalle que seguro te agradecerán.

Esa noche Lali se propuso no fallar. Se despertó a la misma hora, esta vez colocó un pedazo de bizcocho, té y se escondió tras el sofá. Para controlar el tiempo había cogido un reloj a pilas en forma de búho bastante feúcho. Por un momento se quedó dormida entre un alud de ideas y tuvo un sueño que duró nada más un instante, un extraño sueño en el que unos seres enormes y amarillos, hinchados como una bola y de extremidades cortas accionaban unos engranajes gigantescos. De repente todos se detenían a descansar, resoplaban y se secaban el sudor con unos pañuelos blancos y brillantes como estrellas.

Consciente que soñaba, se despertó de golpe. El reloj de búho marcaba la una en punto. Pensó que todo aquello era una tontería y que debería irse a dormir cuando notó que algo estaba mal, otra vez. El búho, juraría que había parpadeado… se lo acercó a la oreja… no hacía ningún ruido, se había detenido. El búho parpadeó de nuevo y Lali lo dejó caer al suelo, se puso de pie de un salto. El reloj-búho revoloteó por el comedor.
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