El reloj de la chimenea marcaba las trece horas.
— Umh… ¿cómo lo haces para que te quede tan esponjoso? —dijo una voz que era tan humana como metálica. Al final de la frase parecía emitir un quejumbroso chirrido.
Lali se volvió lentamente y descubrió a un hombre alto y extremadamente delgado, que vestía un frac y un largo sombrero de copa. Del bolsillo de su chaleco colgaba la cadena de un reloj, un bastón levitaba a su alrededor como si de un perro se tratase. Sujetaba la taza de té con su mano derecha y el platito con la izquierda, en una postura muy inglesa. Del bizcocho no quedaba nada más que migajas.
— Querida —insistió—, no podría conseguir que un bizcocho me quedase así de esponjoso ni con las mejores cucarachas que pueda encontrar.
— A los bizcochos no se les suele poner cucarachas… al menos a los que prepara mi madre…
— Umh… quizás sea por eso… Si no le ponéis cucarachas, ¿qué le ponéis?
— Levadura, supongo.
— Ugh, levadura… que asco —se terminó la taza de un trago y la dejó sobre una mesa. |
El bastón fue a buscar automáticamente su mano—. Bueno, ¿por donde iba? Sabes, tengo muchas cosas que hacer. Una hora no da para mucho.
Empezó a caminar por todo el comedor rebuscando y removiendo todo lo que encontraba. Busco bajo la alfombra, entre los libros, en el revistero, en la cocina, dentro del relleno de los cojines, en el sofá, en la tierra de las macetas… de repente dio con algo.
— ¡Ah! Aquí está, no “recuerdaba” dónde lo había puesto.
— ¿Recuerdaba? Querrás decir “recordaba”.
— Perdona —buscó en su chaqueta y sacó una larga cuerda con infinitos nudos—, ¿ves esto?
— Sí.
— ¿Y qué es?
— Una cuerda.
— ¿Y para qué sirven las cuerdas?
— Para trepar… —pensó Lali— o atar cosas.
— Para trepar o atar cosas —dijo el hombrecillo en tono burlón—, no sabes absolutamente nada. Sirve para “recuerdar”. ¿Es que no os enseñan nada en el colegio? Déjame adivinar, os enseñan matemáticas, literatura, ciencias y esas cosas. |