La bufanda, por Kuantic
Tiene gracia, me cuesta respirar
Hacía frío y no iba a salir así a la calle. Por fin el esperado invierno había llegado. Tarde. Más vale tarde que nunca. Más vale pájaro en mano que ciento volando. Menos da una piedra. Etcétera.

En el perchero hay una bufanda. Es de hombre. Es fácil saberlo, les falta color. Así somos: marrones, grises… No me lo pienso y la cojo. Un pequeño trofeo, un robo, una medalla quizás. Antes de abandonar el piso echo otro vistazo al dormitorio. Duerme desnuda bajo las sábanas. Despertará dentro de un par o tres de horas, con resaca. Posiblemente le duela la cabeza cuando empiece a recordar lo que estuvo haciendo anoche. Es perfecta, una diosa. Ella, la bufanda no. La bufanda es tan solo una bufanda. Me la pongo. Sí, es perfecta, pero dejará de parecérmelo. Es cuestión de tiempo.
Salgo. No espero el ascensor, bajo las escaleras al trote. De buen humor, hasta tengo ganas de cantar. He entrado en su vida, en su cama y he salido con la destreza de un cirujano. Mañana tendrá remordimientos, sentirá vergüenza. Nadie dijo que acostarse con el compañero de trabajo de tu marido estuviese bien. Pero el vino ayuda a convencer. Las convicciones morales se vuelven más flexibles. La realidad, tú y yo, todo es distinto bajo las influencias adecuadas de Baco. Todo se relativiza y el mundo parece estar hecho para dos. Todo lo demás da igual, posiblemente no existe, la ciudad es un decorado y la señora que barre la portería es atrezzo. Tan pronto salga por la puerta se desvanecerá.

Mientras camino dirección las Ramblas,
especulo acerca de si ella va a decírselo, acerca de cuando lo hará. Me imagino que hasta que no vuelva de Bruselas no lo hará. Es posible que ella quiera volver a verme. No. La regla de oro es cortar por lo sano. Lo que pasó, pasó. Nada que te ate a nada ni a nadie. Es la única manera de volar, de sentirse libre. Como un río. Dejándose llevar por la corriente. No. Es mi juego y yo pongo las normas, se acabó, la última casilla estaba en tu cama. Un tablero nuevo es lo que necesito.

Al fin y al cabo, les he hecho un favor. Jamás hubieran sido felices. Ella le venía demasiado grande a él. A veces me siento mal por decidir que es lo que está bien y lo que está mal, me pregunto quién soy yo para juzgar las vidas de los demás. ¿Quién soy yo para meterme en sus aburridas y patéticas vidas? Abocadas a la rutina y a la costumbre. Desprecio ese tipo de vida.

Hijos para justificar una relación descafeinada. Las reuniones de vecinos y las cortinas. No hay que olvidar las cortinas. El amor se acaba el día que discutes por el color de unas cortinas. Joder, ¿dónde escuché eso? Quizás lo leí.

Mientras subo por las Ramblas observo los restos de las borracheras de los turistas. Para ellos no existe lunes.
Todos los días son sábado. Al igual que las mulatas. Me dicen algo al pasar, yo sonrío y paso de largo. Con la cabeza bien alta. Así es como hay que ir por la vida. Nunca mirar atrás. Ni abajo. Siempre a lo lejos. Bueno, hay que ir con cuidado porque puedes pisar una caca de perro. O vómito. O un charco, el personal de limpieza se encarga de dar manguerazos para lavar la cara a la ciudad. Y vuelta a empezar.

Me aprieta la bufanda. Es matemático, al caminar un poco entro en calor y me sobra la bufanda. No. Quizás me la he apretado demasiado. Me la aflojo un poco. Joder. Me la he apretado demasiado. Mierda de bufanda, ya entiendo por qué no se la llevó. Se tendría que haber llevado a su mujer el muy burro. Claro que a lo mejor está en el hotel con un par de fulanas. No, ni eso. Seguro que se habrá llevado alguno de esos libros que lee él. Leyendo en la cama hasta quedarse dormido. Lee historias de ese tipo… no me acuerdo como se llama pero hubo una temporada que hicieron una especie de ciclo por la televisión. En casi todas salía Vincent Price y eran raras de cojones. Cómo se llamaba… Poe, eso. Un borracho, tenía delirium tremens. Así le salían todas esas cosas. También lee a otro que es del mismo estilo… un francés, y el argentino. No sé si Borges o Cortázar, siempre los confundo.

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