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Piratas, por Kuantic
Hacía demasiado que no jugaba a piratas con los niños perdidos
Antes de entrar en la sala de juntas lo dije en voz alta: los jefes déspotas y tiranos no existen. Desconocía si ocurriría igual que con las hadas y caería fulminado de golpe.

Su retraso en la reunión me hizo pensar en lo peor. O lo mejor, depende desde donde se mire. Al cabo de un rato, Bernat entró en la oficina y nos comunicó que el señor Recasens se había encontrado indispuesto, pero que en breve haría acto de presencia. Vamos, que empezáramos sin él.

Si algún idiota había sido capaz de batir palmas para salvar al señor Recasens, ese idiota sólo podía ser Bernat. Tan sólo imaginar la escena sentía arcadas. Maldito pelota. Antes de salir de la sala me dirigió una mirada nerviosa que emanaba de todo excepto cordialidad.
Debía estar preparado para lo peor.

Claro que “lo peor” era algo muy relativo. Para algunos podía significar estar perdido en medio del desierto, mientras que para otros podía ser un escorpión suelto en tu cama.

En fin, mientras el director de ventas nos pasaba un power point infumable e interminable, examiné minuciosamente las ventanas y valoré si la caída libre desde el piso 28 de las torres Mapfre podía tener consecuencias graves en mi estructura ósea.

También podía intentar volar, pero eso hacía ya demasiado que no ocurría. No lo recordaba. Hacía demasiado que no jugaba a piratas con los niños perdidos.
Piratas… Todas las empresas tenían su propio departamento de piratas, brujas, ogros… Nunca se sabe qué vas a necesitar y cuándo lo vas a necesitar. En algún lugar debían refugiarse, y la más voraz de las empresas es la mejor guarida. Nunca aparecen en nómina y viven ocultos en una sala secreta escondida tras una librería.

Seguía pensando en la mirada de Bernat. El señor Recasens sospecha; desde el primer día no me ha quitado el ojo de encima: me ponía a prueba. Jugar a las multinacionales no iba a ser mucho más difícil que pelear contra el capitán Garfio. Está bien, lo de intentar acabar con él igual que con una hada había sido cobarde y gamberro. Pero divertido al mismo tiempo. Sonreí.

A estas alturas debe estar furioso, los piratas deben estar saliendo de su despacho. ¿Cuántos? 5, 10, 20… vete tú a saber. A lo mejor espera a que me vaya a casa, y en la oscuridad de un callejón, o a la salida del metro, me asaltarán cuando menos me lo espere. Sería lo aconsejable, nadie quiere que tus empleados vean pasar de repente una manada de piratas saqueando las oficinas. Pero bueno, ¿quién los iba a creer?

A los piratas no los oyes venir, la discreción es su fuerte siempre que no anduviesen borrachos, que suele ser
la mayoría de las veces; en todo caso los hueles venir. Podía detectar esa fragancia a ron, taberna, humo, sal marina y falta de una buena ducha a tres manzanas de distancia.

Me puse de pie y pedí disculpas por la interrupción. Sopesé mi silla y la levanté sobre mi cabeza, arrojándola contra uno de los ventanales. La silla rebotó en el cristal reforzado y luego rebotó en el director de marketing. Pedí disculpas de nuevo y agarré el extintor. Todo el mundo se levantó de un salto por si acaso entre “peroquéhaces” y “sehavueltoloco”.

La emprendí a extintorazos hasta que el cristal se hizo añicos (años pequeños). Los trozos de cristal permanecían unidos a una lámina de metacrilato, así que seguí golpeando hasta que toda la estructura se precipitó edificio abajo. El viento removió todos los papeles. Espero que nadie estuviera paseando por ahí abajo.

En aquel momento llamaron a la puerta. La masa de directivos asustados y abrazados los unos a los otros se miraron. Al parecer Fermín, el director del departamento comercial, era el que estaba más cerca de la puerta y se sintió obligado a acercarse a abrirla. En cuanto tocó el pomo ya sabía lo que iba a suceder: la puerta fue derribada sepultando al pobre Fermín.

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