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Y entonces apareció el primer pirata. Barba, espada en mano, pañuelo en la cabeza, ropa sucia y raída, dientes de colores variados pertenecientes a una gama que va desde la suciedad absoluta hasta la porquería extrema. Sacó la pistola de dos cañones que llevaba sujeta en el cinto y me apuntó. Para cuando hubo apretado el gatillo, yo ya le había lanzado el busto del fundador de la empresa, que no llegó tan lejos como hubiera esperado y lo más seguro es que esta noche algunos músculos de mi espalda se resintieran. Pero sirvió para que se diera un buen susto y errar el tiro.

Hice uso del extintor para rociar al pirata todo lo que pude de nieve carbónica. Cegándolo durante un tiempo muy valioso. Mientras tanto, un pirata entró gritando como un loco directo hacia mí con un sable en alto. El extintor paró el golpe. Lo empujé de una patada y al irse hacia atrás se tropezó con una silla.

De un salto me encaramé al alféizar de la ventana, si es que se le podía llamar alféizar a lo que había sido fruto de arquitectos y diseñadores que llevan gafas de pasta y conducen coches caros. Da igual, una vez encaramado salté al vacío. Lo hice justo a tiempo, oí varios disparos detrás de mí. Algunos de los directivos se desmayaron, otros gritaron y otros, simplemente, se quedaron petrificados.
Oí a los piratas maldecir. El director de ventas empezó a decir “oiga” y terminó con un puñal en el pecho.

Hacía mucho que no volaba. Lo tenía muy olvidado, pero el ser humano, en ocasiones, reacciona de forma sorprendente ante situaciones extremas, y mi cerebro destapó zonas que habían quedado ocultas bajo el manto de los años. Recuerdos de infancia, piratas, sirenas, niños perdidos y cuentos antes de ir a dormir afloraron a la realidad y se escapaban de mi mente. Cruzaban la barrera de lo posible y lo imposible, y me mantenían a flote, me empujaban y me guiaban entre las corrientes de aire. En cuanto pude, remonté el vuelo para pasar por la sala de juntas, esta vez desde el exterior, haciendo enfurecer a los piratas mientras hacía piruetas y me reía de ellos. Los vi cargar de nuevo sus armas y decidí que era el momento adecuado para irme de allí, en una corriente de aire caliente, para no tentar a la suerte.
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